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Putin llegó a las elecciones rusas con uno de sus niveles de apoyo más bajos desde el inicio de la guerra

MOSCÚ.- El presidente ruso, Vladímir Putin, llegó a las elecciones legislativas de este fin de semana con un respaldo considerablemente menor al registrado durante buena parte de la guerra en Ucrania, en un escenario marcado por el cansancio de la población, las dificultades para conseguir combustible y las restricciones al acceso a internet.

Los sondeos oficiales situaron su aprobación en 67,4 %, pese a que había recuperado 2,4 puntos en las semanas previas. El nivel seguía lejos del respaldo superior al 80 % que había alcanzado después del inicio de la invasión de Ucrania y representaba una de las mediciones más débiles de su gestión durante el conflicto.

El deterioro también alcanzó a Rusia Unida, la formación política asociada al Kremlin. Las mediciones independientes le atribuían poco más del 20 % de intención de voto, mientras los organismos demoscópicos oficiales situaban su apoyo alrededor del 35 %, una diferencia que reflejaba el ambiente electoral adverso para el partido gobernante.

La pérdida de respaldo había llevado a Putin a intensificar su presencia en la campaña y a desplazarse hasta Siberia, a unos 10.000 kilómetros de Moscú. La actividad electoral fuera de la capital contrastó con las dificultades para desplazarse por otras zonas de la Rusia europea, donde los ataques con drones ucranianos habían aumentado las restricciones de seguridad.

Uno de los principales elementos de desgaste había sido la propia duración de la guerra. El Centro Levada registró que un 59 % de los rusos apoyaba el inicio de negociaciones de paz, aunque esa proporción había descendido ocho puntos desde la última ronda de conversaciones celebrada con mediación estadounidense en febrero.

El temor a una nueva movilización militar también había generado preocupación. Los rumores sobre una eventual convocatoria después de las elecciones habían obligado al Kremlin a rechazarlos públicamente. Putin calificó esas versiones de un ataque informativo contra Rusia, después de que una movilización anterior, en 2022, provocara la salida del país de cientos de miles de hombres en edad militar.

A ese desgaste político se añadió el deterioro de los servicios digitales. La ralentización de internet y las restricciones sobre plataformas como WhatsApp y Telegram habían afectado especialmente a jóvenes y emprendedores, mientras el uso de redes privadas virtuales se había convertido en una herramienta habitual para acceder a servicios bloqueados, incluido YouTube.

El Gobierno ruso había justificado parte de esas restricciones por motivos de seguridad relacionados con los ataques mediante drones y otros actos de sabotaje. Sin embargo, las medidas habían sido interpretadas también como un mecanismo para limitar la circulación de información y dificultar la actividad de sectores críticos del Gobierno.

La escasez de combustible terminó de añadir presión a un escenario económico ya complicado. Desde junio se habían registrado problemas de abastecimiento después de que ataques ucranianos alcanzaran numerosas refinerías rusas, con alrededor de una veintena de instalaciones afectadas durante agosto.

Las consecuencias se hicieron visibles en las largas filas ante las estaciones de servicio y en el incremento de los precios. La producción de combustibles refinados había descendido a niveles que no se observaban desde hacía aproximadamente dos décadas, mientras algunas de las principales refinerías habían tenido que interrumpir operaciones durante meses.

El Gobierno había tratado de contener el impacto mediante reparaciones, importaciones y medidas extraordinarias. Las autoridades permitieron incluso la comercialización de combustibles de menor calidad y recurrieron a proveedores de países como India, Kazajistán y Bielorrusia para compensar parte del déficit.

Putin había intentado minimizar el alcance del problema, aunque también había reconocido que los daños provocados por los ataques representaban un costo cercano al 1 % del producto interno bruto. Para el Kremlin, el desafío electoral consistía en convertir ese desgaste social en un resultado que permitiera a Rusia Unida conservar su mayoría constitucional de más de 300 escaños.

En ese contexto, una participación electoral reducida podía favorecer al oficialismo, especialmente porque los sectores más inclinados a respaldar negociaciones de paz constituían uno de los grupos cuya movilización podía modificar el resultado. Las elecciones se celebraron así bajo una combinación de presión militar, dificultades económicas y creciente control sobre el espacio digital que había puesto a prueba la tradicional fortaleza electoral del Kremlin.

Crédito: EFE

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