
Pensé que este año no tendría que volver a escribir sobre este tema. Acudí a la XXVIII Feria Internacional del Libro de Santo Domingo como cada año, pero en esta ocasión con la esperanza de encontrar respuestas a muchas de las observaciones que hice el año pasado, cuando publiqué el artículo: Cuando la cultura no es inclusiva: por una feria del libro sin barreras.
Sin embargo, no fue así. Un año después, volví a encontrarme con muchas de las mismas limitaciones y, en algunos casos, con obstáculos que me hicieron preguntar si realmente hemos entendido lo que significa el término inclusión.
He asistido a la Feria del Libro durante prácticamente toda mi vida. Primero de la mano de mi padre, un amante incansable de los libros y del conocimiento, quien convirtió aquella visita anual en una tradición familiar. Luego continué asistiendo por mi cuenta y, más tarde, intenté transmitirles a mis hijos esa misma fascinación por los libros, los autores y el maravilloso universo que se esconde detrás de cada página.
Por eso me molesta tener que escribir nuevamente sobre las barreras de nuestra feria. Pero lo hago precisamente porque la valoro, y porque entiendo la extraordinaria importancia que tiene para la cultura dominicana.
Precisamente por la dimensión y trascendencia de la Feria debemos preguntarnos: ¿puede el principal acontecimiento cultural y literario de la República Dominicana considerarse verdaderamente exitoso si una parte de la población encuentra dificultades para acceder a él?
El año pasado señalé que una feria dedicada al conocimiento, al pensamiento y a la cultura no podía permitirse excluir a una parte de la sociedad. Y creí que había sido escuchada.
El entonces director de la Feria me aseguró que muchas de aquellas observaciones serían tomadas en consideración para la siguiente edición. Posteriormente, fue trasladado a otra posición dentro del Ministerio de Cultura y hoy dirige el área de museos. Espero sinceramente que desde allí pueda impulsar el cumplimiento de los principios de accesibilidad universal, porque nuestros museos, como todos los espacios culturales, también deben pertenecer a todos.
Pero su traslado vuelve a poner sobre la mesa otro problema que padecemos con demasiada frecuencia en la administración pública dominicana: la falta de continuidad.
Los funcionarios cambian, pero las políticas públicas no deberían comenzar nuevamente desde cero con cada cambio de gestión. La inclusión no puede depender de la sensibilidad particular de quien ocupe circunstancialmente una posición. Debe formar parte de las normas, los procedimientos, los presupuestos, la planificación y los protocolos institucionales.
Este año tenía especial interés en visitar el pabellón dedicado a José Mármol. Desde cierta distancia pude observar una rampa en su entrada y pensé, por un momento, que algo había cambiado. La alegría duró poco. Cuando intenté acercarme, descubrí que el problema comenzaba antes de llegar a la propia rampa: no existía una ruta accesible adecuada que me permitiera subir a la acera y llegar hasta ella con normalidad.
Entonces me pregunto: ¿de qué sirve construir una rampa si una persona en silla de ruedas no puede llegar hasta ella? Y es que uno de los grandes errores que cometemos cuando hablamos de accesibilidad es que creemos que accesibilidad significa colocar una rampa. No es así.








