Opinión

Trasfondo del escándalo

Ruddy L. González

El término bancario ‘offshore’ ge­neralmente va ligado a la etique­ta ‘paraíso fiscal’. El morbo hace el resto. De ahí que las publicacio­nes de cuentas bancarias de una decena de países de los “Papeles de Pandora’ se haya centrado en figuras públicas: presiden­tes, ex jefes de estado, funcionarios públicos, políticos, artistas, amantes, narcos, corruptos, mafiosos, etc. El grueso de las cuentas, perte­necientes a millonarios, ricos, empresarios pri­vados, queda en el tintero, con una espada de Democles pendiendo, lista para cercenar cual­quier reputación. Ser mencionado como pro­pietario o ‘manejador’ de una cuenta ‘offshore’, en un ‘paraíso fiscal’ equivale prácticamente a poner en dudas la idoneidad del dinero, de las operaciones financieras que realiza su dueño. Es la connotación que circula y dejan los propa­gadores del morbo. Es como el estigma que le queda a una persona ‘llamada’ a interrogatorio en la Procuraduría, a las diez de la mañana, con entrada por la puerta frontal y con anuncio pre­vio y/o convocatoria como ‘fuente’, de los perio­distas. Y eso es una aberración. El propósito es claro, como la frase: “Difama, difama, que algo queda”. ¿Cómo llegaron esos 11,5 millones de documentos a los periodistas? La pregunta qui­zás se responda si hurgamos las interioridades e intereses de los ‘sponsors’ (para decirlo en el in­glés nativo de la palabra) que abrieron el cami­no a la producción del nuevo escándalo finan­ciero. No cuestiono, ni se me ocurriría, el equipo periodístico que cotejó los documentos recibi­dos y que dieron como ‘resultado’ los hoy deno­minados ‘Papeles de Pandora’.

La difusión de los WikiLeaks nos rememora la frase: “¿Qué mano mueve la cuna…?”.

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