Luis Pérez CasanovaOpinión

Abinader, el país y el PRM

En las elecciones de 2020, Luis Abinader fue catapultado a la presidencia de la República por una ola de cambio que encontró en el PRM la fuerza política que más sintonizaba con el sentimiento contra el monopolio y todas sus nefastas secuelas en el ejercicio del poder. La impunidad ante los escándalos de corrupción que sacudían toda la estructura económica y social era cada vez más alarmante y los espacios para la disensión mucho más reducido porque la institucionalidad era, en la práctica, letra muerta.

Como si los cambios no fueran un proceso, y los procesos sean lentos (así lo entendía el siempre recordado papa Francisco), algunos que no han entendido, o que no han querido entender, han cuestionado que  Abinader no haya tomado el poder en sus manos para introducir esas transformaciones que se convirtieron en consigna. Se cita de manera aviesa los escasos avances en los juicios contra la depredación de los recursos públicos, el clientelismo  que él  cuestionó cuando advirtió a sus compañeros de partido que el Estado no era un botín electoral y otros males que no han podido extirparse.

Al asumir la presidencia del PRM, Abinader advirtió que el partido con el cual ha ganado dos certámenes no será convertido bajo su gestión en maquinaria electoral, sino en un instrumento para luchar por mejorar las condiciones de vida de la gente y la solución de los problemas del país, que dijo está primero y por encima de la organización.

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“Hoy quiero que mi primer mensaje como presidente del PRM sea muy claro: primero está el país. Siempre primero el país y su gente. Y solo después estamos nosotros. Ese es el orden correcto. No olvidemos nunca”, declaró. Y a seguidas señaló que “mientras tenga el honor de presidir este partido (PRM), ese será también el orden que defenderé. Porque cuando se altera ese orden, el servicio se convierte en privilegio, el liderazgo en protagonismo y la política termina perdiendo su sentido”. Más claras no pueden ser sus intenciones.

En la plataforma esbozada por Abinader para dirigir el PRM no asoma el sectarismo. Parece una réplica del modelo con que ha gobernado el país en estos seis años, como se advierte en el respeto a la diversidad y la consolidación del sistema institucional a través de la independencia de justicia, del Ministerio Público y la incorporación a su gabinete de técnicos y profesionales procedentes de la sociedad civil o extrapartidos. Como para despejar dudas sobre el norte que se propone imprimir a su gestión Abinader recordó que el PRM es una organización que nació de la indignación frente a una forma de hacer política alejada del interés colectivo, “pero, sobre todo, nació de la esperanza de miles de dominicanos que querían instituciones más fuertes, una democracia más limpia y un gobierno al servicio de la gente”.

No acabo de ver el fantasma de la división que se dice amenaza al PRM en la disputa por la candidatura presidencial. Pero los precandidatos con más posibilidades saben que ninguno cuenta con el suficiente respaldo externo como formar tienda aparte en caso de no ser favorecido con el voto de la mayoría en una convención. De todas maneras, Abinader advirtió que no llegaba a la presidencia del partido para imponer un heredero o heredera. Dijo que llegaba para garantizar que cuando llegue el momento todos los aspirantes encuentren un partido institucionalizado, democrático, imparcial y unido.

El PRM es un partido del sistema, normado por el pragmatismo, aunque teóricamente sea más cercano a la socialdemocracia que a cualquier otra corriente ideológica. Abinader quiere convertirlo en una organización moderna, no solo como opción de poder, sino con capacidad para dirigir las transformaciones sociales y económicas que demanda el país. Está claro en sus objetivos, pero no deja de ser una incógnita si bajo su gestión el partido resultará airoso en el próximo certamen electoral.

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