Opinión

Jóvenes hermosos

Pedro Pablo Yermenos

Cuando esos dos adolescentes ingresaron al mejor colegio del pueblo, fueron la sensación para hombres y mujeres. Imposible suponer que procedían de un apartado paraje rural situado en las bellas montañas que circundan la provincia. Su apariencia permitía ubicarlos como originarios del norte de Europa. De piel casi transparente, ojos verdes que, junto a sus fornidos cuerpos, eran la envidia de sus compañeros y el atractivo de las chicas.

Mientras todos llegaban caminando o en transporte público, ellos arribaban en su flamante maverick último modelo. La selección de este automóvil, nada apropiado para transitar en la empinada carretera en mal estado que unía la loma con la ciudad, fue el primer indicio de que algo andaba mal en quienes trazaban las directrices que regían la formación hogareña de estos mozalbetes.

Es preciso medir efectos de la irresponsabilidad
La jornada educativa era lo que menos importaba para ellos. Las escapadas eran cada vez más frecuentes a centros de diversión donde el alcohol y el tabaco impedían retornar a las clases hasta el día siguiente cuando solía repetirse la francachela. En ocasiones, tanto se prolongaba la parranda, que el regreso al campo se producía a altas horas de la madrugada con todo el peligro que eso implicaba.

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El papá de los muchachos, un señor en la medianía cuyo buen talante avalaba la genética de sus descendientes, lucía fascinado por la intrepidez en la cotidianidad de sus vástagos. Era como si él se sintiera realizado a través del derroche que les patrocinaba. Iba al colegio a invitar a los condiscípulos de sus hijos a pasar fines de semanas en su casa, donde organizaba cabalgatas; sesiones de pesca en la laguna detrás de la vivienda y comidas opíparas que reflejaban una situación de abundancia y esplendor.

En esas transcurrió el primer ciclo escolar, cuando el progenitor tuvo que amenazar con retirar sus apoyos financieros al centro para lograr que las evaluaciones de sus hijos fueran adulteradas. A la mitad del segundo período, se ausentó sin explicación la especial familia. Nadie pudo ofrecer respuesta cierta sobre su paradero, hasta que pudo comprobarse que se radicaron en Nueva York.

Años después, cuando sus amigos se enteraron de su llegada, acudían a la montaña para llevarles aliento ante un cuadro que no podía ser más dramático. Ningún rastro de la espectacular laguna. La casa destartalada, el papá con alzheimer y los dos hermosos jóvenes sumergidos en repetidas alucinaciones, impedidos de recordar sus antiguos compañeros.

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