Opinión

El viaje

Por Pedro Pablo Yermenos 

Más que visa para un sueño, su caso, era obsesión perfecta. Todo el que lo trataba, sabía que el propósito de su vida era viajar a Nueva York. Devoraba toda información que sobre aquella ciudad, que consideraba mágica, llegara a sus manos. Era su tema de conversación.

En todas, daba cátedra de sus conocimientos de elementos que ignoraban casi todos los dominicanos que la conocían, quienes agotaban su existencia entre la factoría a la que acudían bien de mañana y su pequeña habitación a la que regresaban, exhaustos y hambrientos, entrada la noche.

¿Cómo es posible que no hayas visitado los museos de cera; de historia natural; que no hayas visto una obra de teatro en Broadway?, eran algunas de las preguntas que les hacía a cuanta persona llegara a pasar unos días en su pueblo.
Intentaba persuadirlas de que no se perdieran la irrepetible oportunidad de conocer las maravillas que ofrecía la encantada ciudad que describía en sus febriles ilusiones.

No era capaz de comprender las circunstancias terribles que caracterizaban a quienes emigraban con la sola posibilidad de conseguir las cosas elementales que su terruño les negaba.

La pena era que si algún día materializaba su anhelo, continuaría conociendo sus lugares favoritos solo a través de su imaginación, porque su diferencia con aquellos era su curiosidad ilimitada.

Sueño termina en tragedia
Apenas alcanzada la mayoridad se iniciaron sus visitas al consulado. Imposible describir su frustración cuando extendía la mano derecha para retirar su pasaporte desprovisto del sello más deseado del universo. Pero su fe no se resquebrajaba.

Pasado el tiempo requerido, cita y desaliento se repetían. Al sexto intento, reunió la suma solicitada y pagó un abogado especializado que “lo preparó”. Su primera victoria estaba conquistada.

Hasta rifas organizó para completar el costo del pasaje y convenció un amigo que lo recibiera en la estrechez de su espacio. Todo eso sucedió en casi seis meses, al cabo de los cuales avisó día y hora del arribo para el que se había preparado desde que tuvo conciencia.

Llegó al aeropuerto siete horas antes, período en que fue al baño veinte veces. En la mayoría, debió devolverse porque olvidaba algo.

Había ensayado tanto los detalles que debía contemplar, que lució hábil en el ritual de abordaje. Su éxtasis era total cuando ese pájaro de hierro separó sus patas del suelo que abandonaba. Las oficinas de la línea amanecieron repletas de gente indagando pormenores del siniestro.

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