SHAOSHAN, CHINA.- Medio siglo después de su muerte, Mao Zedong continúa siendo una pieza fundamental en la legitimidad histórica del Partido Comunista de China, que ha reconocido los efectos devastadores de algunas de sus políticas, pero mantiene intacta su condición de fundador de la República Popular.
El aniversario número 50 de su fallecimiento transcurrió este miércoles sin una gran ceremonia nacional. En Pekín tampoco se organizaron actos especiales alrededor del mausoleo de la plaza de Tiananmen, donde permanece embalsamado el cuerpo del antiguo dirigente.
La ausencia de una conmemoración multitudinaria responde a una norma establecida por las autoridades chinas en 1996, según la cual los aniversarios de muerte de antiguos dirigentes no son objeto de grandes actos oficiales. Las principales conmemoraciones están reservadas para los aniversarios de nacimiento.
La posición del Partido frente a Mao quedó definida con mayor claridad en 1981, cuando una resolución histórica estableció que sus aportes habían sido predominantes frente a sus errores. El documento, sin embargo, calificó la Revolución Cultural de 1966 a 1976 como una grave calamidad y reconoció problemas derivados del Gran Salto Adelante.
Las consecuencias humanas de aquellas campañas siguen formando parte de los episodios más controvertidos de la historia contemporánea china. Las estimaciones académicas sitúan entre 16 y 30 millones las muertes asociadas a la hambruna provocada durante el Gran Salto Adelante.
Ese equilibrio entre reconocimiento de errores y defensa de la figura de Mao continúa condicionando la manera en que el Partido Comunista interpreta su propio pasado. Para el analista Xulio Ríos, la fórmula permite admitir fallos históricos sin convertirlos en una cuestionamiento de la legitimidad del Partido.
La relación entre Mao y el actual liderazgo también ha adquirido mayor visibilidad durante el mandato de Xi Jinping. Mientras las reformas impulsadas por Deng Xiaoping necesitaron marcar distancia con aspectos del maoísmo para justificar el cambio económico, Xi ha puesto mayor énfasis en presentar una continuidad histórica entre los distintos períodos del Partido.
Esa continuidad puede entenderse a partir de tres fuentes de legitimidad: la revolución encabezada por Mao, el desarrollo económico asociado a Deng y la capacidad de gobierno y generación de resultados que reivindica el sistema actual. En esa secuencia, Mao representa el punto de partida.
La recuperación simbólica de algunos principios maoístas también aparece en asuntos como la autosuficiencia y la necesidad de reducir la dependencia de potencias extranjeras. China mantiene actualmente la autosuficiencia tecnológica entre sus prioridades mientras avanza en su nuevo plan quinquenal, una aspiración que guarda cierta relación con el antiguo objetivo de convertir al país en una potencia capaz de superar a Estados Unidos.
Sin embargo, investigadores del Center for China Analysis de Asia Society advierten que comparar directamente a Mao con Xi puede resultar engañoso. Mao promovía la ruptura y la movilización disruptiva, mientras que el actual liderazgo concede una importancia mucho mayor al orden y a la estabilidad.
La lectura oficial contemporánea llegó a expresarse de manera particularmente favorable durante las conmemoraciones del 130 aniversario del nacimiento de Mao, celebradas en Pekín en diciembre de 2023. Xi afirmó entonces que el pensamiento del fundador constituía un patrimonio espiritual de enorme valor para el Partido y que seguiría orientándolo a largo plazo.
En Shaoshan, localidad natal de Mao, las conmemoraciones del medio siglo de su muerte volvieron a mostrar el peso que conserva su figura en la memoria pública. Yang Jiayi, director del Monumento Conmemorativo a la Revolución de Xiangshan, resumió esa interpretación al señalar que la prosperidad actual de China representa precisamente aquello que Mao habría querido alcanzar.
Pero la vigencia de Mao tiene límites muy concretos cuando la crítica deja de ser histórica y pasa a cuestionar su condición simbólica. Un caso reciente es el del artista Gao Zhen, condenado este verano a tres años de prisión en Hebei por obras satíricas sobre el antiguo líder.
Gao, residente permanente en Estados Unidos, había sido detenido en 2024 durante una visita a China y posteriormente juzgado a puerta cerrada por el delito de difamar a héroes y mártires. Entre sus esculturas se encontraban representaciones satíricas de Mao, algunas realizadas más de una década antes de la legislación utilizada para procesarlo.
Amnistía Internacional cuestionó el caso y denunció una aplicación retroactiva de la normativa, mientras que el proceso evidencia hasta dónde llega la protección oficial de determinados símbolos de la historia comunista.
Así, la China actual puede reconocer que determinadas decisiones de Mao provocaron graves consecuencias sin poner en duda el lugar que ocupa dentro del origen del Estado y del Partido. La frontera está en la deslegitimación de esa figura fundacional: los errores pueden ser admitidos dentro del relato oficial, pero cuestionar el símbolo sobre el que se construyó buena parte de esa legitimidad resulta mucho más difícil.








