
Con el asedio de Estados Unidos a Cuba y la orden para capturar a Raúl Castro, el único símbolo viviente de la frustratoria revolución socialista, está por ver si la historia se repite. Las condiciones no son las mismas que cuando Washington incursionó en Venezuela para capturar al presidente Nicolás Maduro, a principios de enero, pero tampoco que cuando se involucró en la guerra independentista de la isla caribeña contra España.
Cuando la isla era una colonia española, Washington, que era, y todavía es la primera potencia mundial, ofreció comprarla, pero encontró un no como respuesta. Antes que resignarse, el Gobierno del presidente William McKinley decidió involucrarse en la guerra para lograr su propósito. En medio de la contienda desplegó en la bahía de La Habana, a manera de provocación e intimidación a las huestes iberas, el acorazado USS Maine. Accidental o no, el caso es que en febrero de 1898 ocurrió una explosión en el buque, en la que murieron unos 300 tripulantes, y el Gobierno de McKinley no tardó en utilizar el suceso como pretexto para intervenir en la guerra.
Hoy, el presidente estadounidense Donald Trump ha declarado que tan pronto termine la guerra en Irán irá por la isla de Cuba. Ha dicho que para tomarla solo tiene que desplegar a 100 metros de sus costas el portaaviones USS Abraham Lincoln, el más grande del mundo, y esperar que los isleños digan “muchas gracias, nos rendimos”. Aunque le dijo a su colega brasileño Lula da Silva que no atacaría a La Habana, sus acciones lo desmienten.
No solo órdenes de captura como la dada contra el nonagenario Raúl Castro, sino la sedición de agentes de la CIA que según Trump han sido infiltrado en La Habana se evidencian como parte de una estrategia para provocar una revuelta social que obligue al régimen socialista a reprimirla y de esa manera intervenir en el país. Pero Trump pierde de vista que por temor o lo que fuere los cubanos han resistido vivir a oscuras y las devastadoras penurias derivadas del bloqueo a la venta de petróleo y el endurecimiento de las sanciones económicas. La crisis ha provocado el colapso de los servicios de salud y la interrupción de la enseñanza, entre otros problemas.
La verdad es que la frustratoria revolución no ha hecho más que sumir a Cuba en la pobreza. El país, que lo que da es pena, merece quitarse de encima el lastre que ha soportado por más de 60 años. Pero las acciones emprendidas por Trump con el supuesto propósito de liberar al pueblo cubano no solo resucitan los intereses coloniales, sino que generan más irritación que simpatía. Con la estrategia que ha diseñado lo más probable es que la historia, de repetirse, no sea como verdad, sino como comedia.







