São Paulo (EFE).- Brasil entra este domingo en la recta electoral hacia los comicios presidenciales de octubre con una disputa dominada por dos nombres: Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro, quienes aparecen prácticamente igualados en una eventual segunda vuelta, mientras la ausencia del expresidente Jair Bolsonaro obliga a la derecha a reorganizar sus fuerzas.
La encuesta más reciente de Quaest, divulgada el viernes, proyecta un balotaje entre ambos con 43 % para Lula y 40 % para Flávio Bolsonaro. La diferencia se encuentra dentro del margen de error de dos puntos porcentuales, por lo que el escenario es considerado un empate técnico. Un 4 % de los consultados permanece indeciso.
El resto de los aspirantes de derecha todavía se encuentra lejos de disputar el liderazgo. El agitador ultraderechista Renan Santos, el exgobernador de Goiás Ronaldo Caiado y el exgobernador de Minas Gerais Romeu Zema no alcanzan individualmente el 5 % de las preferencias, de acuerdo con el sondeo citado.
El inicio de la campaña tendrá además un fuerte componente simbólico para los dos principales contendientes. Lula escogió São Bernardo do Campo, en la periferia de São Paulo, donde construyó su trayectoria como dirigente sindical durante la dictadura militar y donde nació el movimiento que posteriormente desembocó en la fundación del Partido de los Trabajadores (PT).
Para Flávio, el escenario será igualmente cargado de significado político. El senador realizará su primer mitin en Copacabana, Río de Janeiro, uno de los principales bastiones electorales de la familia Bolsonaro y lugar donde su padre acostumbraba a congregar a sus seguidores. El Partido Liberal espera movilizar a sus bases bajo los colores de la bandera brasileña.
A sus 80 años, Lula busca conquistar un cuarto mandato no consecutivo apoyándose en los resultados que atribuye a su actual administración, entre ellos un crecimiento económico promedio cercano al 2 %, una tasa de desempleo en niveles históricamente bajos y un incremento de la renta per cápita. El mandatario también pretende convertir la defensa de la soberanía brasileña en uno de los ejes de su campaña.
Ese discurso se produce en medio de una creciente tensión con Estados Unidos. El Gobierno brasileño considera que los aranceles impulsados por la Administración de Donald Trump, las gestiones para acelerar el beneplácito del nuevo embajador estadounidense y el intento de enviar funcionarios a Brasil para analizar su sistema de votación electrónica constituyen formas de presión externa sobre el país.
Brasilia ha respondido con medidas de reciprocidad comercial, decidió aplazar el análisis del nuevo embajador estadounidense hasta después de las elecciones y bloqueó el ingreso de los dos funcionarios que pretendían estudiar el sistema electoral. Lula, además, ha pedido públicamente a Trump que no intervenga en los asuntos internos de Brasil, especialmente en el proceso electoral.
La dimensión internacional de la campaña también alcanzó las relaciones con Argentina, después de que el presidente Javier Milei lanzara fuertes ataques contra Lula durante el acto en el que Flávio fue proclamado candidato presidencial del Partido Liberal. Para especialistas consultados por EFE, este tipo de enfrentamientos podría mantenerse durante la campaña y terminar influyendo en el debate político brasileño.
Flávio Bolsonaro, entretanto, intenta convertir la ausencia de su padre —inhabilitado, condenado y encarcelado por delitos relacionados con el intento de golpe de Estado— en una oportunidad para consolidar su propio liderazgo dentro de la derecha. Su propuesta mantiene varios de los principales ejes del bolsonarismo: reducción del papel del Estado, una relación estrecha con Washington y una política de mayor dureza frente al crimen organizado.
Con el campo conservador todavía dividido entre varios aspirantes, la elección comienza con una paradoja: aunque Lula y Flávio aparecen como los principales candidatos para avanzar a una segunda vuelta, el pequeño grupo de electores que aún no define su voto podría terminar siendo decisivo. Según el politólogo Claudio Couto, esos indecisos incluyen especialmente a mujeres, sectores de clase media y ciudadanos que no se identifican con ningún partido.
La campaña, por tanto, se perfila como una nueva confrontación entre el proyecto político de Lula y el movimiento heredado de Jair Bolsonaro, pero bajo condiciones distintas a las de 2018 y 2022. Esta vez, el principal referente de la derecha no estará en la boleta y su hijo tendrá que demostrar que puede conservar por sí mismo el respaldo de un electorado profundamente polarizado.
Crédito: EFE.







