Cada año, decenas de dominicanos arriesgan sus vidas al lanzarse al mar en frágiles yolas con destino a Puerto Rico, impulsados principalmente por la búsqueda de una mejor calidad de vida. De acuerdo con la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), factores como el desempleo, los bajos salarios y la limitada movilidad social influyen en la decisión de emigrar de manera irregular. Solo en 2022, el proyecto Migrantes Desaparecidos reportó 269 muertes o desapariciones en el Caribe, siendo el ahogamiento por naufragios la principal causa.
Historias como la de Daniel Batista, residente en Sabana de la Mar, reflejan el alto costo humano de estas travesías. Su pareja, embarazada de cinco meses, murió junto a más de 15 personas cuando la embarcación en que viajaba zozobró rumbo a la llamada Isla del Encanto. Casos similares se repiten en comunidades como Miches y El Valle, donde familias aún esperan noticias de parientes desaparecidos en el mar, sin respuestas claras ni responsables identificados.
Pese a los riesgos y las tragedias, la práctica continúa. Jóvenes como Juan José, quien ha intentado cruzar en ocho ocasiones, aseguran que la falta de oportunidades los empuja a insistir. Otros, como Yoel Bastardo, lograron llegar y trabajar por un tiempo, pero fueron posteriormente repatriados. Mientras las estadísticas suman víctimas y desaparecidos, en las costas del Este del país persiste la esperanza —y la desesperación— de quienes ven en el Canal de la Mona la única salida a sus dificultades económicas.








