
Es bien sabido que el pueblo haitiano fue el primero en proclamar su independencia, comenzando el siglo 19. Fue la primera nación negra del mundo en liberarse, mediante un proceso complejo, como lo establece el profesor Juan Bosch en su obra, “De Cristóbal Colón a Fidel Castro: El Caribe, frontera imperial”. Desde entonces, hasta hoy, la historia del pueblo haitiano ha sido en extremo azarosa, gobernado por una oligarquía depredadora que ha devastado su pequeño territorio hasta convertirlo en un desierto, sin bosques, sin agua potable, sin energía eléctrica, y, lo peor, sin educación. Dictadores déspotas y gobiernos lacayos se han sucedido uno tras otro durante más de 200 años.

De acuerdo con organismos de las Naciones Unidas, Haití tiene hoy poco más de 12 millones de personas, el doble de los años 70, lo cual aumenta extraordinariamente los niveles de pobreza y marginalidad, obligándolos a huir hacia otros países, principalmente sus vecinos, la República Dominicana con quien comparte una frontera de unos 391 kilómetros, con una población cada vez más pequeña, de once millones, que ha elevado su capacidad productiva y su educación, rechazando trabajos duros en la agricultura, la construcción, ingenios, conserjería, entre otros.
No hay comparación posible entre República Dominicana y Haití en términos de desarrollo económico, político y social. Aunque los dominicanos nos quejamos permanentemente, con alguna razón, somos la séptima economía de América Latina y el Caribe, que recibe cerca de 12 millones de turistas al año, incluyendo los cruceristas, una inversión extranjera que supera, al día de hoy, los cinco mil millones de dólares, con “hambre cero”, según la FAO, los niveles de pobreza han bajado hasta un 15.40% (según el último dato oficial del Ministerio de Hacienda y Economía de marzo 2026), con una inflación moderada y manejable, índice de desempleo de 4.9% (según la OIT), el dinamismo de la inversión inmobiliaria resulta exponencial. Las principales ciudades del país se han convertido en metrópolis. Y los centros turísticos superan a los de países de la región. El país crece, avanza. ¡Esa es la verdad!
Las haitianas paren más que las dominicanas. El nivel educativo de las dominicanas es mucho mayor que el de las haitianas, que cada vez estudian menos por razones políticas, económicas y sociales. Más del 60% de los estudiantes de nivel universitario son mujeres en nuestro país, ingresando al mercado laboral, emancipándose y adquiriendo independencia económica.
En Haití no hay nada: No hay gobierno, no hay Estado, por lo tanto, tampoco hay esperanza, solo hambre, miseria y desolación. Las bandas, armadas por los propios grupos oligárquicos, mantienen el control del territorio.
Así las cosas, Haití se ha convertido, probablemente, en el principal problema de la República Dominicana. El “muro” fronterizo de 54 kilómetros que ha sido levantado por el gobierno dominicano no detendrá una avalancha de ciudadanos haitianos. (Advierto que en nuestro país puede ocurrir lo mismo que en España con Marruecos, donde se estima que hasta 49 mil marroquíes entraron a su territorio).

La llamada comunidad internacional, principalmente Francia, que históricamente es responsable, junto con otras potencias desarrolladas, de la tragedia haitiana, no quiere asumir su culpa y acudir en auxilio del pueblo haitiano. Creen que el problema haitiano es un problema dominicano y por lo tanto somos los dominicanos quienes debemos asumirlo y resolverlo. Las presiones de Estados Unidos, Francia, Inglaterra, etc., junto con los organismos que controlan, no cesan.
Hay otras cuestiones igualmente relevantes y preocupantes. Es el enfrentamiento histórico, exacerbado por los grupos de poder, tanto haitianos como dominicanos, que mantienen enfrentados a dominicanos y haitianos, creando insalvables e irreconciliables diferencias. (Hay que oír las expresiones de los dominicanos sobre los haitianos. Y viceversa)
¿Cuántos extranjeros (haitianos) hay en territorio dominicano, legales e ilegales? En realidad, nadie lo sabe con exactitud. Lo cierto es que cada vez hay más, en la agricultura, la construcción, las viviendas, etc. En casi todas las torres del país hay uno o dos haitianos como vigilantes, en cada hogar encontramos como doméstica a una haitiana, que entran y salen del país sin ningún inconveniente. Solo hay que tener dinero para pagarle a los militares.
El trasiego y tráfico de haitianos con condición migratoria irregular se ha convertido en un negocio de proporciones inimaginables de bandas dominico-haitianas de civiles y militares. La frontera dominico-haitiana es un negocio controlado por bandas muy bien organizadas que beneficia, no solo a los bandoleros vendepatria de ambos lados, sino a empresarios y terratenientes de grandes extensiones de tierras, complejos turísticos, constructores de complejos habitacionales, etc.

Algunos generales de las Fuerzas Armadas, de la Policía, alcaldes, regidores, Senadores y Diputados, obtienen beneficios con el tráfico de personas (trata de haitianos) en complicidad con el empresariado.
El país no puede seguir jugando a la política con el tema haitiano. Recuerdo que Luis Abinader, durante la campaña que lo condujo a la presidencia de la República prometió que durante su gestión no habría un solo extranjero (haitiano) indocumentado o ilegal. Los hechos son otros. Cada vez hay más haitianos y haitianas ilegales en el país. Desbordan la capacidad del Estado para determinar quiénes y cuántos son. La pobreza haitiana es un gran negocio de traidores dominicanos que deberían ser fusilados en el altar de la Patria donde están depositados los restos de Duarte, Sánchez y Mella.






